Rajoy encara la semana de su investidura mirando al PSOE como tabla de salvación para evitar caer derrotado

JUAN ANTONIO BLAY/REPÚBLICA.ES
 El propio Rajoy y el PP son conscientes de que el voto negativo de la bancada socialista proclamado una y otra vez por su jefe de filas, Pedro Sánchez, es inevitable y, por lo tanto, un escollo insalvable para evitar la derrota.
MADRID.- La única posibilidad que tiene Mariano Rajoy para seguir como inquilino en el Palacio de La Moncloa una legislatura más depende de la abstención del PSOE en el debate de investidura que arranca este martes en el Congreso de los Diputados. El propio Rajoy y el PP son conscientes de que el voto negativo de la bancada socialista proclamado una y otra vez por su jefe de filas, Pedro Sánchez, es inevitable y, por lo tanto, un escollo insalvable para evitar la derrota.



Pese a esa evidencia, Rajoy no cejará en su empeño de apelar desde la tribuna del Congreso al sentido de la responsabilidad “de Estado” que, a su juicio, le incumbe al PSOE para facilitar que haya un Gobierno estable y garantizar así “el crecimiento de la economía española”, como ha estado repitiendo hasta la saciedad, incluso en vísperas de iniciar su intervención este martes por la tarde.


Esa estrategia del dirigente conservador, considerada “a la desesperada y con elevadas dosis de incoherencia” en palabras de un experimentado analista que pide el anonimato, no ha podido ocultar, sin embargo, la incapacidad que ha venido demostrado desde la pasada jornada electoral del 26-J para ahormar una mayoría suficiente que le permitiese alcanzar su investidura.

Muy al contrario, Rajoy se ha procurado en este tiempo el rechazo frontal de una amplia mayoría del arco parlamentario con una peculiar forma de entender la negociación política que incluso ha desconcertado a su propia bancada, según reconocen diputados populares. “Ha sido un resultado que se ha ganado a pulso desde hace tiempo”, opina un parlamentario veterano de un grupo político centrista.

Rajoy ha sido incapaz de lograr la más mínima complicidad con “aliados naturales” en el ámbito ideológico como la antigua Convergència o el PNV para, al menos, sumar su abstención al voto positivo de Ciudadanos con lo que tendría asegurada su continuidad en La Moncloa. Con los primeros se ha revelado torpe para lidiar con el proceso soberanista iniciado en Catalunya; a los segundos, sencillamente, los ha desdeñado. “No es nada nuevo de ahora; ya ocurrió a lo largo de la legislatura en la que dispuso de una mayoría absoluta”, explica una diputada convergente.

La negociación con Ciudadanos, que arrancó, según sus correligionarios, con “cierta desgana” por parte de Rajoy, ha demostrado la falta de hábito que existe en el PP para afrontar una situación de minoría en la Cámara baja en esta legislatura. En la anterior, todavía con menos diputados, se saldó simplemente con la renuncia de Rajoy a la propuesta que le hizo el jefe del Estado para someterse a una sesión de investidura, un hecho son precedentes desde 1977. De aquella situación apenas ha transcurrido poco más de medio año.

Su acuerdo con Ciudadanos, cogido con pinzas y cerrado in extremis este pasado domingo, se revelará a la postre como inútil para lograr el objetivo de ser investido como presidente del Gobierno. Una circunstancia que, a medida que transcurrían los días del mes de agosto, el PP y el propio Rajoy han ido asumiendo. De pretender celebrar una investidura rápida a finales de julio —“qué se puede hacer en agosto que no se pueda hacer en julio”, llegó a decir— ha pasado a reconocer que existen “dudas razonables” sobre la posibilidad de convocar a la ciudadanía a unas terceras elecciones generales en un año.

En este corto proceso negociador con Ciudadanos el propio Rajoy y su círculo más estrecho han estado más preocupados en alejar una imagen de claudicación ante las exigencias de la formación naranja y su desafiante líder, Albert Rivera, que de elaborar un acuerdo marco de cara a la investidura del aspirante conservador y que de paso sirviera de base para un posible acuerdo de gobernabilidad. “Esa ha sido su verdadera preocupación”, aseguran fuentes del PP consultadas por Público.

“Han hecho un esfuerzo”, dijo Rajoy en un mitin de apoyo a Feijóo el pasado sábado en referencia a Ciudadanos —también a Coalición Canaria— que todavía en esos momentos mantenían una tensa negociación con su partido. Ni una palabra más en público para empujar en la recta final en favor de un pacto de investidura. Finalmente, en secreto, esa misma tarde se reunían ambos líderes para desbloquear la situación y dar paso al acuerdo escenificado al día siguiente en sede parlamentaria.

De esta forma Rajoy se presenta al debate de su investidura con un aliado coyuntural del que no acaba de fiarse pero que le será útil para presionar a la bancada socialista y a su líder, Pedro Sánchez. Con ese pacto, al que hay que sumar a Coalición Canarias, el aspirante conservador presenta una tarjeta con 170 votos a favor, a tan solo seis de la mayoría absoluta requerida en primera votación. Pero el viernes, en el segundo sufragio, necesitará 11 abstenciones para quedar investido, una cifra que no sale por ninguna parte.

Su intervención de este martes estará centrada en cantar las excelencias de las cifras macroeconómicas y el crecimiento que registra la economía española gracias a la gestión del Gobierno que preside desde diciembre de 2011 y en la necesidad de seguir por esa senda para “mantener la credibilidad de España en el resto del mundo”, como dijo el sábado pasado en el mitin con Feijóo.

Al mismo tiempo lanzará un último llamamiento a la “responsabilidad” del PSOE, partido del que dijo en el mencionado mitin en Galicia que “ha gobernado muchos años y ha hecho aportaciones buenas y positivas para los españoles”. Toda una declaración de amor; un amor evidentemente interesado. El interés por obtener la abstención de aquellos a los que ha acusado de “llevar a la ruina a España”.

Hace seis meses, en cambio, le dedicó todo tipo de epítetos al entonces aspirante a la investidura, Pedro Sánchez y a su partido, el PSOE. Eso sí, con grandes dosis de ironía y numerosas citas de sainetes costumbristas. Desde la bancada popular las definiciones fueron más tajantes: "El peor discurso de investidura desde 1977”, pontificó el inefable García-Margallo. “El primer mitin electoral”, apostilló el combativo Rafael Hernando.

Ahora, las tornas han cambiado y todo son parabienes para resaltar “el sentido de Estado” de los socialistas. Tanta empatía ha despertado el PSOE en Rajoy que éste ha optado por el mismo formato de debate de investidura que utilizó Pedro Sánchez el pasado mes de marzo. Ya nadie en la bancada popular recuerda la catarata de adjetivos malsonantes que se profirieron contra el líder socialista por aquel modelo de sesión plenaria. Ahora es tiempo de lanzar flores que, según se anuncia, caerán irremediablemente en saco roto. La amenaza de votar el día de Navidad, una absurda decisión más de Rajoy, está más cerca.

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