Groys, filósofo y ciudadano de una civilización perdida

Entrevista. Coinciden en publicarse tres libros del teórico “soviético” de las vanguardias y la posmodernidad digital, sobre filosofía, arte y comunismo.
El corte transversal. La mirada oblicua. Un criptodialéctico abordaje de vampiro. Acaso una irritación para el lector apoltronado en la lógica puramente dicotómica de los tiempos que corren. Boris Groys viene de otro tiempo y lugar, a no perderlo de vista. “I’m Soviet”, responde cuando indago su origen. ¿Pero qué significa hoy ser soviético? “La pregunta por el origen da por sentada una respuesta en términos de nacionalidad o etnia. Pero la Unión Soviética era internacionalista: el origen étnico no revestía importancia y no pienso mi origen en esos términos. Más bien tengo la sensación de provenir de una civilización perdida cuya naturaleza hoy resulta imposible describir o explicar en forma comprensible para los demás. Desaparecida esa civilización, el espacio postsoviético fue tomado por corrientes etnicistas”. Groys nació en Berlín oriental en 1947. Hijo de un funcionario soviético redestinado a Moscú, pasó la primera parte de su vida entre esa ciudad y Leningrado (ahora San Petersburgo), hasta emigrar a Alemania en 1981. Además de filósofo, es un apasionado teórico del arte y de los medios que ganó fama internacional a partir de sus estudios de las vanguardias en general y de la rusa en particular. Repensar el arte de vanguardia y su reminiscencia a lo largo de las prácticas artísticas contemporáneas es uno de sus méritos. En su ensayo “Sobre el activismo en el arte”, que Caja Negra Editora incluye con traducción de Paola Cortes Rocca en Arte en flujo. Ensayos sobre la evanescencia del presente , escribe: “En el pasado, la crítica al arte como algo inútil condujo a muchos artistas a abandonar el arte para hacer algo más fructífero, moral y políticamente correcto. En cambio, los artistas contemporáneos que apoyan el activismo no están apresurados por abandonar el arte. Esta es una posición históricamente nueva. Algunos cuestionan su novedad refiriéndose a la vanguardia rusa y su proyecto de transformación del mundo a través de herramientas estéticas. Me parece una referencia incorrecta. Los artistas de la vanguardia rusa creían en su capacidad de cambiar el mundo porque en ese momento la práctica artística estaba apoyada por las autoridades soviéticas. El activismo artístico contemporáneo no tiene razón para creer que tendrá apoyo político”.


POR CARLA IMBROGNO/resita ñ

El corte transversal. La mirada oblicua. Un criptodialéctico abordaje de vampiro. Acaso una irritación para el lector apoltronado en la lógica puramente dicotómica de los tiempos que corren. Boris Groys viene de otro tiempo y lugar, a no perderlo de vista. “I’m Soviet”, responde cuando indago su origen. ¿Pero qué significa hoy ser soviético? “La pregunta por el origen da por sentada una respuesta en términos de nacionalidad o etnia. Pero la Unión Soviética era internacionalista: el origen étnico no revestía importancia y no pienso mi origen en esos términos. Más bien tengo la sensación de provenir de una civilización perdida cuya naturaleza hoy resulta imposible describir o explicar en forma comprensible para los demás. Desaparecida esa civilización, el espacio postsoviético fue tomado por corrientes etnicistas”. Groys nació en Berlín oriental en 1947. Hijo de un funcionario soviético redestinado a Moscú, pasó la primera parte de su vida entre esa ciudad y Leningrado (ahora San Petersburgo), hasta emigrar a Alemania en 1981. Además de filósofo, es un apasionado teórico del arte y de los medios que ganó fama internacional a partir de sus estudios de las vanguardias en general y de la rusa en particular. Repensar el arte de vanguardia y su reminiscencia a lo largo de las prácticas artísticas contemporáneas es uno de sus méritos. En su ensayo “Sobre el activismo en el arte”, que Caja Negra Editora incluye con traducción de Paola Cortes Rocca en Arte en flujo. Ensayos sobre la evanescencia del presente , escribe: “En el pasado, la crítica al arte como algo inútil condujo a muchos artistas a abandonar el arte para hacer algo más fructífero, moral y políticamente correcto. En cambio, los artistas contemporáneos que apoyan el activismo no están apresurados por abandonar el arte. Esta es una posición históricamente nueva. Algunos cuestionan su novedad refiriéndose a la vanguardia rusa y su proyecto de transformación del mundo a través de herramientas estéticas. Me parece una referencia incorrecta. Los artistas de la vanguardia rusa creían en su capacidad de cambiar el mundo porque en ese momento la práctica artística estaba apoyada por las autoridades soviéticas. El activismo artístico contemporáneo no tiene razón para creer que tendrá apoyo político”.

Entre el arte y la filosofía
Para Nietzsche, los sistemas filosóficos son algo así como memorias inadvertidas y confesiones voluntarias de sus autores. Y Groys es un detractor confeso del sentido común. Los ‘héroes’ que integran su Introducción a la antifilosofía (Eterna Cadencia, traducción de Tadeo Lima) no están en la búsqueda de ninguna verdad. La antifilosofía de la que habla es un giro al interior de la filosofía, un nuevo tono que lejos de afirmar o negar una doctrina de la verdad sobre la base de una indagación crítica, opera por medio de órdenes. Llama a actuar en vez de a pensar. “Porque primero hay que transformar el mundo y recién entonces el mundo se muestra en su verdad”. Por su galería de antifilósofos pasan Marx, Kierkegaard, Heidegger, Derrida, Benjamin y Nietzsche, pero también Wagner y hasta Shestov, Kojève, Bajtín y Bulgákov. Groys aclara que no habla de antifilosofía como Lacan o Badiou, sino que parte del libro sobre arte y anti-arte de Hans Richter. “Los artistas del dadaísmo, sobre todo Duchamp, abandonaron los criterios usuales de evaluación de la calidad artística. Estuvieron dispuestos a aceptar como arte cosas de la vida cotidiana y de la cultura de masas: practicaron anti-arte. Del mismo modo, estos autores abandonaron la búsqueda del mejor argumento en pos de la práctica de un discurso filosófico de ‘calidad’, aceptando como relevantes prácticas y textos que hasta entonces no habían tenido cabida en la filosofía”. Y haciendo metaanalogía entre el arte y la filosofía, se refiere al ready-made como procedimiento filosófico (o antifilosofófico). De todo esto habló con Ñ la semana pasada.

–¿Qué puede aportar el arte a la filosofía?
–Algunos procesos se ven con mucha más claridad en el arte que en la filosofía. En ciertos aspectos el arte es mucho más radical, llega más lejos que la filosofía. Hace rato que en el arte está aceptado lo que en la filosofía sigue siendo visto como una desviación individual de la línea general.

–Ahora el arte se ha vuelto fluido y también el museo se ha entregado al flujo del tiempo: dejó de ser un lugar de colecciones permanentes para volverse escenario de proyectos curatoriales, conferencias, performances. ¿Dónde queda ese espacio de circunspección y reflexión que reclama Aby Warburg entre el espectador y la obra de arte?
–Un espacio de circunspección y reflexión puede surgir en cualquier parte donde uno decida reflexionar circunspectamente, también en la naturaleza o en la calle. La diversidad actual de proyectos curatoriales se debe a que ya no confiamos en una historia normativa como la que podría contarnos la colección canónica de un museo. Anhelamos historias alternativas y de ahí vienen los proyectos curatoriales individuales, de ahí el interés por las informaciones sobre el arte, que podemos encontrar en Internet. Hablar de arte no es sólo hablar de objetos de arte, también de acontecimientos artísticos incapaces de ser coleccionados en forma tradicional. Esto ha transformado la función y la apariencia de los museos.

–¿La actual fluidez del arte contemporáneo es su estrategia de pervivencia?
–Es posible.

–Se habla de “participación”. Muchos proyectos llaman a “participar” y uno se encuentra con simulacros. ¿Acaso son un antídoto contra el activismo?
–No generalizaría. Los proyectos participativos son muy diferentes y hay que observarlos uno a uno. Pero es cierto que muchos pretenden ser entretenidos y enredan al arte en la esfera del entretenimiento masivo, que no es una buena perspectiva.

–¿Qué artista de corte participativo lo interpela?
–Santiago Sierra.

–¿Son Pussy Riot o Ai Weiwei ejemplos logrados de activismo artístico?
–Sí, en términos de éxito mediático. Pero también los hay más silenciosos.

–Sostiene que estamos más interesados en una descontextualización y reconstrucción de los fenómenos individuales del pasado y menos en su recontextualización histórica. Destaca a Internet como archivo de documentación, como desarrollo que fortalece el potencial utópico del archivo dándoles a los usuarios la posibilidad de recontextualizar por medio del “cut & paste”. ¿No hay peligro de arbitrariedad?
–Definitivamente. Pero la arbitrariedad no es algo tan malo. En la vida práctica no podemos dar rienda suelta a nuestros impulsos arbitrarios, eso podría terminar mal. Sin embargo, el arte pertenece al terreno de la fantasía y la fantasía no es otra cosa que arbitrio, permite combinaciones y variaciones que resultan imposibles en la realidad. El arte nos libera de la dictadura de la realidad.

La paradoja al poder
La posdata comunista (Cruce, trad. de Griselda Mársico) es como una instalación filosófica. Groys busca contrarrestar el “comunismo visto desde afuera”. Según él, la mayoría de la izquierda occidental sostiene que los regímenes soviéticos no pueden considerarse comunistas, pero Groys dirá que sí, que “la Unión Soviética fue mucho más lejos que cualquier otra civilización en la realización del proyecto comunista”. Y define la revolución comunista como la “transferencia de la sociedad del medio del dinero al medio del lenguaje” para postular el “gobierno de los filósofos”: la paradoja del lenguaje (la articulación de la autocontradicción) al poder. Le pregunto si la paradoja en el poder no es algo demasiado especulativo, incierto para nuestra vida práctica. Le pregunto dónde queda el lenguaje si no se puede expresar disidencia y dónde quedan los postulados de varios socialistas del siglo XIX de una sociedad sin ningún tipo de estratificación, del ‘reino de la libertad’ (Marx). Groys: “Marx define el capitalismo como una sociedad en la que las relaciones entre las personas son dominadas por las relaciones entre las cosas. Hasta hoy, cuando a uno le va mal, le explican que el precio del petróleo ha caído (o subido), o que la digitalización reduce el empleo. Lo que Marx entiende por ‘reino de la libertad’ es justamente la liberación de la dictadura de las cosas. En el comunismo la economía es dominada por la política, por el discurso político que no acepta el imperativo económico como límite absoluto de lo decible. Cómo usen las personas esa libertad es otra cuestión. No reducimos la fe católica a la inquisición, ni la democracia y los derechos humanos a la fase del terror de la revolución francesa. La experiencia del comunismo soviético no puede reducirse a las represiones del estalinismo”.

Carla Imbrogno es curadora de programación cultural del Instituto Goethe.

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